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Cine y sociedad

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El cine comienza en Madrid en los últimos años de un siglo XIX de verbenas y oscuridad de barracas, de juego de luces y sombras, donde los titirimundi con historias macabras proyectadas con ingenios ópticos fueron sustituidos por un invento de los hermanos Lumière, en el que la luz producía el efecto de que las figuras ¡se movían!

La primera proyección de cine en Madrid se produjo en 1896, en la Carrera de San Jerónimo, hecho que despertó el interés de algunos y la indiferencia de otros. El humor y la sátira estuvieron presentes en las críticas y comentarios sociales, rodeados también de cierto escándalo: se veía en ¡salas oscuras de espectáculos en que personas sin separación de sexo estaban expuestas a poderosos estímulos!

En los primeros años hubo dudes y zozobras hasta que el cine alcanzó el grado de nobleza en la Exposición Universal de París en 1900, cuyos acontecimientos fueron presentados en el Panorama imperial, en la Exposición imperial y el Circo de París'.

Del Regador regado, Llegada de un tren o Salida de los obreros de una fábrica, de los Lumiére, simples documentales, George Méliès y otros consideraron que el cine podía ser el modo más perfecto de contar historias fantásticas. Películas como El viaje a la Luna (1902), que un años más tarde se vio en Madrid, dieron paso a cientos de películas realistas de Méliès, Phathé y Gaumont, y el comienzo de las americanas.

En 1910 el cine ya estaba consolidado y se habían construido muchas salas: Franco Español, Recreo Salamanca, Gran Cinematógrafo, Rosales, Universal, Palacio de Proyecciones, La Latina, Lavapiés, Noviciado y Olimpia.

Pronto llegó la fuerza de Hollywood. Todo se contaba desde allí. Se pudo conocer el «mundo», luchar contra piratas, amar, asistir a la guerra, navegar por los océanos, llorar, sufrir, reír. En 1928, el cine se hizo sonoro. El cantor del jazz hizo que Al Jolson, con la cara pintada de negro, nos cantara «Oh! Mammie». Los Estudios CEA rodaron la primera película sonora española, El agua en el suelo, en 1933.

Las técnicas del cine progresaron de manera acelerada. Del sonido se pasó al color y a las pantallas gigantes; en 1953 se rodó la primera película en cinemascope, La túnica sagrada, y en 1958 se estrenaba en el cine Albeniz de Madrid, con tres proyectores, el documental Esto es cinerama (1952). Los crímenes del museo de cera se veían con gafas especiales para impresionarse con el relieve.

Los cines se distribuyeron por un Madrid cada vez mayor, con la Gran Vía como la calle de los estrenos. Había cadenas de estreno, reestreno y programas dobles en donde se podían ver dos películas varias veces seguidas. Era la época del No-Do, las patatas fritas, el rico bombón helado y el bar en el entresuelo. Y también la de la clasificación de las películas: 1, 2, 3 y 4 (éstas gravemente peligrosas).

Para soslayar la censura y poder ver películas diferentes, de arte y ensayo, se desarrollaron los cine-club, en sesiones especiales, colegios mayores, en la Escuela de Industriales..., aunque no sin ciertos problemas y algunos cierres, tema ya antiguo pues el primero de todos, el Cine-Club Español (1928), fue cerrado en 1931 por los disturbios posteriores a El acorazado Potemkim.

Con la normalización política del país, nacieron los Alphavilles (en homenaje a Godard), donde se agruparon varias salas para ofrecer películas buenas, menos comerciales, en versión original, que se veían con espíritu reverencial. Poco a poco el modelo se fue extendiendo, y las antiguas salas que no se reciclaron en bingos o discotecas se fueron subdividiendo, los anfiteatros pasaban a ser dos salas y el patio de butacas a otras dos.

Al acabar el siglo del cine, los madrileños se reencontraron con el espíritu de antiguas ferias y mercados, acudiendo a megacentros comerciales donde hacer grandes colas con palomitas, refrescos y golosinas, repartiéndose por muchas sales, seis, doce o hasta treinta, en las que seguir viendo fantasías subyugantes en salas oscuras.

Referencia

  • ZUMÁRRAGA, Juan. Cine y sociedad, en Enciclopedia Madrid S.XX


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Este artículo reproduce el capítulo homónimo de la Enciclopedia Madrid Siglo XX, cuyo autor conserva el copyright.
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